BARCELONAUTES / JORDI LLOBELL – PLATAFORMA ENROLLA´T – GRAFFITIS

En Barcelona hay varios centenares de grafiteros en activo. No son un colectivo organizado ni estructurado, sino más bien espontáneo y en movimiento. Casi un centenar forman parte Persianes Lliures y unos 60 más son miembros de Enrotlla’t, aunque sin militancia estricta.

Persianes Lliures es menos profesional, más informal, y busca una forma de practicar su hobby sin molestar al vecindario. La lideran los hermanos Pau (grafitero) y Marc Garcia (publicista), del Guinardó, y se articula entorno a una web, que hace las veces de red de persianas disponibles. Los propietarios pueden solicitar que su/s persiana/s –o cierres de garajes, muros, carteles…– entren en esta base de datos y firman un consentimiento, indicando las horas de inactividad del negocio. Los grafiteros se registran en la web y seleccionan una persiana, que queda bloqueada a la espera de su visita nocturna. Una vez pintada, le hacen una foto y la suben a la web, creando un historial de cada superficie y de cada autor. Al cabo de 2 o 3 meses se vuelve a ofrecer la misma persiana como disponible, para que pueda ser pintada de nuevo por otro grafitero. El tendero no les paga nada, sólo debe mantener limpia la persiana, pero a cambio no escoge el diseño (si bien se le garantiza que no habrá ni publicidad ajena ni mensajes ofensivos) y se arriesga a que le toque un completo amateur.

Los miembros de Enrotlla’t son más experimentados, la mayoría artistas emergentes que se abren camino en galerías, museos extranjeros y estudios de diseño. Su propuesta se ha dirigido más a asociaciones de comerciantes, como la de la plaza Llibertat, en Gracia, para organizar una jornada conjunta de promoción comercial y exhibición creativa. Piden que los propietarios sufraguen los carteles de difusión y el coste de los materiales (aerosoles, cinta de pintor y papel de periódico) y entreguen el lienzo inmaculado: sin polvo, grasa ni pegatinas. Ellos, a cambio, les ofrecen arte urbano de calidad sin cobrar ningún honorario. El estilo, la composición y la técnica del grafitero serán totalmente libres, pero cada comerciante podrá escoger al artista que más le guste según su portfolio de trabajos anteriores, que pueden verse en la web de la plataforma.

A parte del amor que cada tendero sienta por el arte urbano, el principal motivo por el que solicitan los murales es, paradójicamente, para evitarse los grafitos vandálicos. “Difícilmente encontrará firmas –‘tags’, en el argot– encima del dibujo, porque entre grafiteros hay todo un código interno, no puedes pintar encima de aquello que no sepas hacer mejor”, dice Garcia. “Respetamos las horas de trabajo que hay tras cada mural y el valor artístico que tiene”, defiende Llobell.

Según él, el boom de los tags llegó en 1999, con la Ordenanza, “porque se pasó de poder pintarlo todo a no poder pintar nada y en vez de hacerse grandes murales colectivos de muchas horas, proliferaron los garabatos rápidos para que no te coja la policía”. Para Llobell, lo más sensato sería establecer un mapa de usos, con calles que por su valor arquitectónico no deban ser invadidas por el grafito, pero con muchas otras que lo admitan en espacios “suficientemente céntricos para que puedan cumplir su vocación de comunicar, de llevar el arte a la calle”. “Una parte del graffiti será siempre anárquico, porque su esencia es la libertad, pero todos los que prefieren evitar el riesgo de multa pintarían en los sitios legales”, pronostica.

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